**El premio.** En 1968, el jurado del Premio de Poesía Julián del Casal de la UNEAC —Manuel Díaz Martínez, José Lezama Lima, José Z. Tallet, el británico J. M. Cohen y el peruano César Calvo— coincidió sin debate en que el libro que merecía el premio era *Fuera del juego*, de Heberto Padilla, presentado bajo el lema «Vivir la vida no es cruzar un campo», un verso de Pasternak. Según el testimonio de Díaz Martínez, las presiones empezaron antes de la votación. El teniente Luis Pavón, director de la revista *Verde Olivo* de las Fuerzas Armadas, hizo llegar a través del poeta Roberto Branly una advertencia «confidencial»: si el premio iba a Padilla, considerado contrarrevolucionario, habría graves problemas. Nicolás Guillén visitó a Lezama para persuadirlo. David Chericián, cuyo libro la UNEAC prefería, fue enviado a casa de Tallet, que lo echó y telefoneó a Guillén para recriminarle la coacción. Cuando Díaz Martínez no se prestó, el Partido lo apartó del jurado invocando una sanción «ideológico-educativa» que pesaba sobre él por dos «debilidades políticas»: no haber denunciado a un miembro de la llamada microfracción y haberse manifestado en la UNEAC contra la invasión soviética de Checoslovaquia después de que Fidel Castro la respaldara. Una funcionaria del Comité Central se lo explicó así: la sanción prohibía ejercer cargos ejecutivos, y votar en un jurado era un acto ejecutivo. Fue repuesto días más tarde y votó por Padilla. La UNEAC publicó el libro, pero le impuso un prólogo que advertía que esa poesía «sirve a nuestros enemigos» y que sus autores eran «los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya». Ni Padilla ni Antón Arrufat —cuya obra *Los siete contra Tebas* fue igualmente señalada— recibieron los mil pesos ni el viaje a Moscú que estipulaban las bases. Los libros circularon casi clandestinamente. En noviembre de 1968 apareció en *Verde Olivo* la firma «Leopoldo Ávila», un seudónimo nunca aclarado, con ataques personales contra Padilla, Virgilio Piñera, Arrufat y Cabrera Infante, alguno con el añadido de la acusación de homosexualidad. La poeta soviética Margarita Aliguer, de visita en La Habana, comentó a un grupo de escritores en la UNEAC que artículos iguales a esos habían precedido a las purgas de Stalin. **La cárcel.** El 20 de marzo de 1971, agentes de la Seguridad del Estado entraron en el apartamento de Padilla, lo registraron y se llevaron detenidos al poeta y a su esposa, la también poeta Belkis Cuza Malé. Ella salió a los dos días. Él permaneció incomunicado más de un mes. Nunca se hizo pública una imputación. **La primera carta.** El 9 de abril de 1971, *Le Monde* publicó una carta a Fidel Castro firmada por treinta y tres intelectuales. No era un texto hostil: los firmantes se declaraban «solidarios con los principios y objetivos de la Revolución cubana» y cerraban reafirmando su apoyo a «los principios que inspiraron la lucha en la Sierra Maestra». Pedían que se reexaminara el arresto y advertían del riesgo de que reapareciera «una tendencia sectaria». Entre las firmas: Sartre, Simone de Beauvoir, Calvino, Duras, Moravia, Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Juan y Luis Goytisolo, Vargas Llosa, Semprún, Enzensberger, Carlos Franqui. **La confesión.** Padilla fue liberado y esa misma noche compareció en la UNEAC para autoinculparse. Díaz Martínez, que estaba en la sala porque Padilla debía nombrarlo, describe el dispositivo: la UNEAC tomada por la Seguridad del Estado, una sola puerta abierta con un oficial y varios agentes cotejando una lista de citados, y, una vez dentro todo el mundo, las cámaras del ICAIC en marcha y las puertas cerradas y custodiadas por agentes de civil. El rodaje lo dirigió Santiago Álvarez. Guillén, que presidía la UNEAC, se ausentó por enfermedad; lo sustituyó José Antonio Portuondo. Padilla leyó su autocrítica y fue nombrando a colegas a los que presentaba como enemigos virtuales de la Revolución: Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, César López, José Yánez, Norberto Fuentes, Virgilio Piñera y Lezama Lima. Los nombrados que estaban presentes pasaron por los micrófonos a reconocer sus «errores». Lezama y Piñera no acudieron. Norberto Fuentes entró en el juego, pidió de nuevo la palabra y se desdijo, proclamando que no tenía nada que reprocharse. **La segunda carta.** El 20 de mayo de 1971, sesenta y un intelectuales firmaron un segundo texto, publicado en *Le Monde*, que ya no pedía nada: comunicaba «nuestra vergüenza y nuestra cólera». Sostenía que la confesión «sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias», y comparaba el acto de la UNEAC con «los momentos más sórdidos de la época stalinista, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas». Y precisaba por qué importaba: no alarmaba por tratarse de un escritor, sino porque cualquier cubano —«campesino, obrero, técnico o intelectual»— podía ser víctima de una humillación parecida. Comparar las dos listas de firmas es la parte del expediente que menos comentario necesita. **García Márquez, Cortázar y Octavio Paz firmaron la primera y no la segunda.** Aparecen solo en la segunda, entre otros, Susan Sontag, Pier Paolo Pasolini, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Alain Resnais, Nathalie Sarraute, José Emilio Pacheco e Italo Calvino, que había firmado ambas. El caso no cambió la política cultural cubana: la inauguró. Pero le costó al Gobierno lo que ninguna campaña exterior le había costado hasta entonces, porque quienes lo denunciaron no eran sus adversarios, sino la gente que lo había defendido.